Puedes querer a tu pareja, llevarte bien con ella, seguir sintiendo cariño y, aun así, darte cuenta de que las ganas ya no aparecen como antes.
Y entonces empiezan las preguntas:
¿Ya no me atrae?
¿Se está acabando el amor?
¿Es normal después de tantos años juntos?
No necesariamente.
Durante mucho tiempo hemos escuchado que con los años “la pasión se acaba”. Pero cuando vamos a los estudios, la historia es bastante más interesante.
El tiempo, por sí solo, no parece explicar todo lo que ocurre con el deseo.
Un estudio realizado con 1.223 personas en relaciones monógamas de larga duración encontró distintos perfiles de deseo y aburrimiento sexual. Algo interesante fue que esos perfiles no se diferenciaban por la cantidad de años que llevaban juntos. El aburrimiento sexual y la satisfacción parecían tener más peso que la duración de la relación en sí misma (de Oliveira et al., 2023).
Entonces quizá la pregunta no sea:
“¿Cuántos años llevamos juntos?”
sino:
“¿Qué ha ido pasando entre nosotros durante esos años?”
En pocas palabras
El deseo sexual puede cambiar en una relación larga sin que eso signifique que se terminó el amor. La monotonía, el estrés, el cansancio, la dinámica de pareja, la presión sexual y muchos otros factores pueden influir.
Y sí: la rutina puede tener algo que ver, pero rara vez explica todo por sí sola.
Cuando todo empieza a sentirse demasiado conocido
Al inicio de una relación hay mucho por descubrir.
No sabes exactamente cómo besa la otra persona, qué le gusta, cómo responderá o qué puede ocurrir después. Hay curiosidad, atención, expectativa y novedad.
Con el tiempo muchas de esas cosas, naturalmente, se vuelven conocidas.
Y eso no es malo.
También aparecen confianza, seguridad, complicidad y una intimidad que probablemente no existía al comienzo.
El problema puede aparecer cuando los encuentros sexuales empiezan a repetirse siempre de una manera muy parecida: mismo momento, mismas caricias, misma secuencia y hasta sabemos cómo probablemente va a terminar todo.
Es ese momento en que pareciera que entramos en piloto automático, como en un avión: sabemos más o menos qué va a pasar, cómo va a empezar y hasta cómo probablemente va a terminar.
No significa que haya algo malo en la relación. Lo conocido también puede darnos seguridad y confianza. El problema aparece cuando dejamos de prestar atención a lo que sentimos, deseamos o necesitamos y todo empieza a sentirse demasiado predecible.
Un estudio con 1.155 mujeres que mantenían relaciones monógamas de larga duración encontró una relación importante entre aburrimiento sexual, deseo y satisfacción sexual y de pareja. Los propios autores advierten algo fundamental: el estudio no permite decir que una cosa sea necesariamente la causa de la otra. Pero sí nos muestra que el aburrimiento sexual merece ser tomado en cuenta cuando tratamos de entender qué está pasando con el deseo (de Oliveira, Vallejo-Medina & Carvalho, 2025).
Entonces, ¿la rutina “mata” el deseo?
Yo no lo diría así.
Sería demasiado sencillo para algo tan complejo como nuestra sexualidad.
Una investigación publicada en 2026 estudió el aburrimiento dentro de las relaciones en más de 3.000 adultos. Aproximadamente una cuarta parte dijo estar experimentándolo en ese momento.
Cuando los investigadores preguntaron qué había detrás, aparecieron la monotonía y la sensación de estancamiento, pero también los problemas sexuales, las dificultades de pareja y el estrés de la vida cotidiana.
¿Y qué describían las personas como algo que ayudaba?
La conexión emocional, hacer cosas juntos y, curiosamente, conservar también cierta independencia y autonomía dentro de la relación (de Oliveira, Kerner & Mark, 2026).
Esto nos recuerda algo que a veces olvidamos:
el deseo no vive separado del resto de nuestra vida.
Puedes cambiar las sábanas, organizar una escapada romántica o intentar hacer algo distinto y seguir sin ganas si estás agotado, resentida, preocupado, durmiendo mal o sintiendo que tienes que responder sexualmente aunque no te apetezca.
El deseo tampoco es una cantidad fija que llevamos dentro
A veces hablamos como si existieran personas que simplemente “tienen mucho deseo” y otras que “tienen poco”.
Pero el deseo también puede cambiar dependiendo de lo que estemos viviendo.
Un estudio siguió durante 22 días a 163 parejas y encontró fluctuaciones diarias en el deseo sexual hacia la pareja. Esas variaciones se relacionaban con diferentes aspectos de las interacciones entre ambos, como la conexión, la sexualidad y la exploración compartida (Prekatsounaki, Loeys & Enzlin, 2025).
Y esto me parece muy importante porque cambia la manera de hacernos la pregunta.
En vez de:
“¿Por qué ya no tengo deseo?”
podríamos empezar por algo más útil:
“¿Qué está pasando para que mi deseo no aparezca como antes?”
“¿En qué momentos aparece?”
“¿Qué lo facilita?”
“¿Qué lo está frenando?”
Porque no siempre hay que “arreglar” a la persona que tiene menos ganas.
A veces no se trata de recuperar las ganas a la fuerza, sino de entender qué está haciendo más difícil que aparezcan.
Novedad no significa hacer cosas extremas
Cuando hablamos de introducir novedad en una relación, mucha gente piensa inmediatamente en juguetes sexuales, nuevas posiciones o prácticas completamente diferentes.
Puede ser eso, si ambos quieren.
Pero no necesariamente.
La novedad puede ser algo mucho más sencillo:
- cambiar el momento en el que suelen encontrarse;
- volver a besarse con tiempo;
- tocarse sin que todo contacto tenga que terminar en sexo;
- hablar de algo que nunca habían contado;
- salir juntos de una rutina cotidiana;
- dedicar más tiempo a la excitación;
- cambiar esa secuencia que siempre empieza y termina exactamente igual.
En un ensayo prospectivo aleatorizado publicado en 2025 se estudió a mujeres con bajo deseo sexual que relacionaban su dificultad con el aburrimiento sexual. Un grupo recibió psicoterapia y otro psicoterapia acompañada de propuestas personalizadas de novedad sexual. A los seis meses, el segundo grupo mostró una mayor mejoría en las puntuaciones de deseo (Bhat & Shastry, 2025).
Ahora bien, esto no significa que la novedad sea una receta universal.
El estudio se realizó en una población muy específica: mujeres heterosexuales, monógamas y seleccionadas por bajo deseo sexual. Es un dato interesante, no una instrucción para todas las parejas.
Y a veces la novedad ni siquiera tiene que empezar en la cama
Este es uno de los hallazgos que más me gustan.
Hay investigaciones que estudian lo que ocurre cuando una pareja vive experiencias nuevas o interesantes que les permiten verse también desde un lugar diferente.
Un estudio de 2026 siguió durante 56 días a personas con dificultades de interés o excitación sexual y a sus parejas.
En los días en que había más experiencias de crecimiento y novedad compartida, las personas también tendían a percibir mayor atención y respuesta por parte de su pareja, y eso se relacionó con más deseo y satisfacción sexual y menor malestar sexual (Rosen et al., 2026).
No quiere decir:
“salgan a hacer algo nuevo y esta noche tendrán sexo”.
El deseo no funciona como una fórmula.
Pero sí nos permite pensar algo interesante.
A veces necesitamos volver a mirar a nuestra pareja fuera de los personajes cotidianos: quien paga las cuentas, quien recoge a los niños, quien organiza la casa, quien pregunta qué vamos a comer mañana.
Seguimos siendo pareja también debajo de todos esos roles.
Pero cuidado: no todo es rutina
Sería un error explicar cualquier disminución del deseo diciendo:
“seguro están aburridos”.
El deseo puede verse influido por muchísimas cosas: estrés, cansancio, falta de sueño, algunos medicamentos, problemas de salud, cambios hormonales, dolor durante las relaciones, imagen corporal, conflictos, maternidad o paternidad, presión por tener sexo, inseguridades o cambios importantes en nuestra vida.
También puede suceder que simplemente uno tenga más ganas que el otro.
Las diferencias de deseo son habituales en las parejas.
Un estudio cualitativo publicado en 2024 entrevistó a parejas heterosexuales y parejas sexualmente o genéricamente diversas que vivían diferencias de deseo que les generaban malestar. Las experiencias cambiaban a lo largo del tiempo y estaban atravesadas por la satisfacción, las barreras para tener relaciones, los cambios en frecuencia sexual y, sobre todo, por la manera en que la pareja manejaba esa diferencia (Arenella, Girard & Connor, 2024).
Por eso no creo que el objetivo tenga que ser que dos personas tengan exactamente las mismas ganas, al mismo tiempo y siempre.
Muchas veces el punto está en cómo hablan de esa diferencia y qué hacen con ella.
¿Qué podemos hacer si sentimos que hemos entrado en piloto automático?
No creo demasiado en las listas de:
“Cinco trucos para recuperar la pasión”.
El deseo es bastante más complejo que eso.
Pero sí podemos detenernos a hacernos algunas preguntas:
¿Nuestros encuentros se volvieron demasiado predecibles?
¿Solo nos tocamos cuando alguno quiere tener sexo?
¿Todavía tenemos momentos para disfrutar juntos sin que todo tenga que terminar en un encuentro sexual?
¿Podemos decir qué nos gusta y también qué ya no nos apetece?
¿Hay cansancio, resentimiento, dolor o presión detrás de la falta de ganas?
¿Qué ayudaba antes a que apareciera mi deseo?
Y quizá la pregunta más importante:
¿Qué necesito ahora?
Porque tu sexualidad de hoy no tiene por qué funcionar exactamente igual que hace cinco, diez o veinte años.
No se trata de obligarnos a hacer cosas nuevas para “salvar la relación”.
Mucho menos de transformar el sexo en otra tarea de la agenda.
Se trata de volver a prestar atención.
Puedes amar a tu pareja y tener menos deseo
Quiero terminar con esta idea porque es una de las cosas que más culpa puede generar.
Amor y deseo no son exactamente lo mismo.
Puedes querer muchísimo a una persona y atravesar una etapa en la que tienes menos ganas de sexo.
Que el deseo cambie no significa automáticamente que escogiste mal a tu pareja, que tu relación está condenada o que hay algo malo en ti.
A veces el cambio es temporal.
A veces tiene que ver con el momento de vida.
Y otras veces nos está mostrando que existe algo que merece nuestra atención.
Si esa diferencia empieza a provocar discusiones, distancia, rechazo, presión, evitación o malestar, puede ser un buen momento para pedir orientación.
¿Sientes que la rutina o las diferencias de deseo están afectando la intimidad en tu relación?
Podemos empezar por comprender qué está ocurriendo y qué factores pueden estar influyendo, sin buscar culpables ni obligar a ninguno de los dos a sentir algo que no siente.
Type your paragraph hereAlejandra Borja es sexóloga y educadora sexual, Máster en Sexología y Género. Acompaña a personas y parejas a comprender el deseo, el placer, la comunicación y otros aspectos de su sexualidad desde una mirada integral, respetuosa y basada en estudios científicos.Este artículo tiene fines educativos y de divulgación. No sustituye una valoración médica o psicológica cuando esta sea necesaria.